3 ingredientes para disfrutar aprendiendo

Escucha la versión audio de este tema.

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Hoy os voy a contar una experiencia que tuve al acabar los estudios y que en principio no tiene relación alguna con los idiomas, aunque a mí me sirvió para aprender algo importante que me ha valido luego en la vida en otros campos como el del aprendizaje de idiomas. Creo que todas las experiencias, por muy insignificantes y negativas que sean, nos enseñan algo. Y también creo que tenemos en nosotros mismos la capacidad de disfrutar de muchas de estas experiencias en principio insignificantes o incluso negativas.

Nada más terminar los estudios estuve trabajando como operaria en una cadena de montaje para una fábrica de teléfonos móviles. Lo hice porque yo quise. Se presentó la oportunidad y me pareció una buena idea para sacar algo de dinero porque en aquel entonces no estaba trabajando todavía.

 

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Era un trabajo muy repetitivo. Durante ocho horas diarias, cinco días a la semana, tenía que hacer los mismos gestos. Tenía que ir metiendo unos accesorios pequeños en una cajita de cartón y las cajitas de cartón en cajas más grandes. Teníamos que preparar cierto número de cajas por hora y cada hora pasaba un supervisor para comprobar si habíamos alcanzado el objetivo o no. Muchos compañeros lo dejaban o bien porque no les gustaba o bien porque no conseguían seguir el ritmo. Además trabajábamos por turnos. Una semana de cada dos empezábamos a las cinco de la madrugada. Como os podéis imaginar, no suelo levantarme a esta hora y estaba bastante cansada todo el día. Muchas de las personas que trabajaban allí conmigo se sorprendían cuando se enteraban de que yo tenía una carrera universitaria. Porque generalmente la gente se piensa que si tienes una carrera enseguida vas a empezar a trabajar de lo tuyo, a buscar un trabajo menos agotador y donde se te valore más que en una fábrica. Pero yo sabía que no iba a trabajar allí toda mi vida. Era algo temporal y había sido decisión mía entonces no lo vivía mal.

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Pero por supuesto era un trabajo muy aburrido, aburridísimo a primera vista. Y para mí era impensable pasar 8 horas diarias de mi vida aburriéndome, ni siquiera cobrando. De manera que empecé a tomármelo como un juego y a ponerme pequeños desafíos. Alcanzaba el objetivo fijado sin dificultad y después de un rato lo hacía sin esfuerzo. Como era repetitivo lo hacía sin pensar. Hasta me ponía a hablar con mis compañeros. Entonces, intenté ir cada vez más rápido, hasta que llegó un momento en que de verdad no podía ir más de prisa. De manera que inventé una técnica diferente de la que me habían enseñado para montar el kit de accesorios. Nos habían enseñado a montar primero la cajita con las dos manos, soltarla, coger los accesorios y meterlos dentro de la caja. Pues a mí se me ocurrió hacerlo de otra forma. Era una caja muy pequeña que cabía en la mano. Así que intenté montarla con una sola mano y a la vez, con la otra mano, coger los accesorios y meterlos en la caja. Es decir que en vez de utilizar las dos manos para montar la caja y luego otra vez las dos manos para colocar los accesorios yo lo hacía simultáneamente.

Una vez perfeccionada la técnica, entre comillas, me permitía ganar varios segundos que se iban sumando e igual llegaba a ganar un cuarto de hora o media hora al cabo de un rato. Así que hasta me podía tomar un descanso de vez en cuando, estirarme, salir un ratito. Los jefes pasaban de vez en cuando. Veían que yo mantenía el ritmo y hasta superaba el objetivo fijado a pesar de tomarme ciertos descansos y se sorprendían un poco la verdad. Hasta se quedaron un rato observando mis gestos para averiguar cómo conseguía montar el kit tan rápido.

Esta anécdota, por muy insignificante que parezca me permitió hacer un descubrimiento importante:

podemos llegar a disfrutar de cualquier cosa por muy aburrida que parezca inicialmente. Y basta con tener tres ingredientes: primero, ponernos un pequeño desafío. Segundo, desarrollar nuestra propia técnica. Y tercero, tomárnoslo como un juego.

Lo curioso es que en realidad es lo que siempre he hecho con los idiomas.  Primero, me pongo pequeños desafíos sin que nadie me los haya pedido. Intento superarme cada día un poco más. Aunque tengamos un objetivo mayor que puede ser llegar a hablar el idioma con soltura, no es esto lo que debemos tener en mente a diario sino pequeñas metas que son fáciles de alcanzar.

Segundo, personalizar: en el caso de los idiomas sería crear nuestro propio abanico de recursos e incluso inventar nuestras propias herramientas y técnicas de aprendizaje. Es decir que no debemos pensar que ya está todo inventado y que porque alguien nos diga que debemos hacer las cosas de determinada manera es lo que va a funcionar para nosotros. Por mucha experiencia y sabiduría que tenga una persona, sólo nosotros podemos sentir lo que de verdad nos vale. Experimentando podemos llevarnos la sorpresa de encontrar una técnica mucho más efectiva para nosotros que cualquier otra ya existente. Claro que podemos buscar consejos y buscar a personas que nos inspiren, pero, a fin de cuentas, solo nosotros podemos saber lo que de verdad necesitamos.

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Y el tercer punto es tomarse las cosas como un juego. No hay que tomarse las cosas demasiado en serio. El aprendizaje debería ser algo divertido. Así aprenden los niños, divirtiéndose y así deberíamos seguir aprendiendo toda la vida.  Para mi aprender idiomas siempre ha sido un juego y por eso me ha salido bien.

Pararé aquí por hoy aunque en un próximo episodio seguiré con este tema haciendo hincapié en la importancia de hacer las cosas por decisión propia y no por obligación si queremos tener éxito, porque evidentemente si hacemos algo en contra de nuestra propia voluntad va a ser muy difícil o incluso imposible poner en práctica los tres principios que os acabo de hablar.

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